LA AGONÍA DE FRANCIA – MANUEL CHAVES NOGALES

En noviembre de 1936, Manuel Chaves Nogales, descorazonado por el rumbo que está tomando la guerra civil, decide abandonar España e instalarse con su familia en París. Allí colaborará con la prensa francesa y latinoamericana e incluso pondrá en marcha una publicación semiartesanal sobre la actualidad española dirigida a los exiliados republicanos. Sabiéndose fichado por la Gestapo, en 1940, pocos días antes de que los nazis entren en París, Chaves abandona la ciudad para dirigirse a Burdeos y desde allí a Londres, donde permanecerá hasta su muerte.
En La agonía de Francia Chaves Nogales se sirve de sus conocimientos y de los múltiples testimonios a los que tuvo acceso en París para tratar de explicar las razones que llevaron a Francia a sucumbir ante el fascismo y firmar un armisticio con Alemania en junio de 1940. Su amplia experiencia en temas internacionales y su extraordinaria capacidad para interpretar los acontecimientos de la actualidad le ayudaron a trazar un lúcido relato sobre cómo el país que había sido durante siglo y medio el faro de la democracia en el mundo se puso en manos del nazismo.
Publicado en Montevideo en 1941 y no recuperado hasta casi setenta años después, La agonía de Francia es un libro llamado a figurar entre los ensayos clásicos sobre la segunda guerra mundial.

El éxodo de un millón de parisienses en pos del gobierno y de los funcionarios fue algo espantoso, inenarrable. Día y noche las salidas de París estuvieron obstruidas por cuatro filas de vehículos de toda clase, cargados hasta los topes, que marchaban penosamente deteniéndose constantemente y al paso de los más lentos, los grandes y pesados carromatos que utilizan los campesinos para transportar el heno, tras los cuales habían de marchar con desesperante lentitud los potentes automóviles de la gran burguesía parisién que se ponía en salvo llevándose celosamente consigo sus riquezas transportables, la plata, los tapices, las joyas, los cuadros, hasta los muebles valiosos izados disparadamente sobre la capota de los coches. No creo que antes de ahora se haya dado en el mundo el espectáculo formidable del éxodo de un pueblo civilizado que, con todo su progreso material y mecánico, sus aparatos de radio, sus automóviles de lujo, sus motocicletas, sus instrumentos de confort y sus riquezas daba, sin embargo, la sensación exacta de una tribu bíblica que emprendía el camino de la tierra de promisión como en las enormes migraciones legendarias de los pueblos de la antigüedad.

En los últimos momentos, el pánico colectivo de los parisienses fue tal que los que no habían podido escapar de otra manera lo hacían a pie marchando entre las filas apretadas de vehículos con sus hatillos miserables a la espalda, las mujeres empujando los cochecitos infantiles en los que habían metido sus pobres ajuares, los jóvenes pedaleando en sus bicicletas, los ancianos apoyándose en sus báculos, símbolos de otras edades que reaparecían a lo largo de la fatigosa caminata. La obsesión común de aquella enorme muchedumbre aterrorizada era alejarse, alejarse siempre, cada vez más, ganar distancia, como fuera, con los pies hinchados, a rastras si era necesario. Fue en aquellas horas espantosas cuando la masa francesa debió de pensar por primera vez que acaso hubiese sido mejor hacer la guerra que sufrirla.

La gasolina era la salvación, la vida, más preciosa que la sangre. Los que se quedaban sin gasolina en la carretera permanecían días enteros arrimados a una cuneta esperando inútilmente que entre los cientos de miles de semejantes que pasaban junto a ellos hubiese un alma caritativa que les cediese una poca. Era inútil esperarlo. El egoísmo de las gentes era feroz. Yo he visto una pobre mujer en un pequeño automóvil que se había quedado sin gasolina y llevaba ya dos días al borde del camino con tres criaturitas que lloraban incansablemente mientras pasaban a su lado cientos de miles de seres humanos que ni siquiera volvían la cabeza.

El fenómeno más curioso era la formidable capacidad de olvido y despreocupaciones de esta muchedumbre que, en unas horas, pasaba casi sin transición del sufrimiento y la desesperación más espantosos a la frivolidad y el optimismo más injustificables. Las mismas gentes que habían salido de París angustiadas y después de un viaje de pesadilla se encontraban a quinientos kilómetros habiendo perdido sus bienes, con sus familias dispersas y su patria deshecha, eran las que horas después en las terrazas de los cafés de Biarritz o San Juan de Luz charlaban y reían ante un vaso de aperitivo y no tenían más obsesión que la de encontrar un buen restaurant, una cama confortable y una persona complaciente y de buen humor con quien entregarse al goce sensual de la existencia. El hombre moderno puede pasar por penalidades terribles; pero no hay que tenerle demasiada lástima. Su facultad de inhibición es prodigiosa. Yo he visto en Biarritz entre una muchedumbre despreocupada de refugiados franceses, belgas, holandeses, polacos y judíos de todas las nacionalidades, que se creían ricos todavía porque aún les quedaban en la cartera unos fajos de billetes de banco con que pagar la cuenta del hotel, el gesto de desdeñosa incredulidad con que era acogida la noticia de que París había sucumbido: «¿Que los alemanes están en París? Sans blague!». Y las gentes se encogían de hombros y pedían un nuevo aperitivo.

Editorial: LIBROS DEL ASTEROIDE
Lengua: Español
ISBN: 9788492663217
Año edicón: 2010
Plaza de edición: Barcelona
Nº de páginas: 208 págs
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